Juan era un joven que soñaba con el ministerio en la obra de Dios. Siendo, joven y estando en un mundo con tantas seducciones, vivía atormentado por los malos pensamientos. A veces se sorprendía siendo arrastrado por la fuerza de los instintos de la carne. Hablaba lo que no debía; sentía lo que no debía; pensaba lo que no debía, cayendo en si cuando ya era tarde. Atormentado, veía su sueño cada vez más distante. "¿Cómo dominar la carne y vencerse a si mismo? ¿Será eso posible?".
Fue en ese momento que resolvió pasar las vacaciones en la casa de su tío, un verdadero hombre de Dios, que predicaba el Evangelio. En el viaje fue pensando: "¿Cómo dominarme a mi mismo?".
No tardó a llegar al destino, y pidió la atención del tío para el asunto que él tenía.
— Mi tío — dice él — vengo de lejos para buscar contigo el secreto que tienes para vivir la vida sin dejarse llevar por la carne, ya que hace tantos años prosigues en tu camino, sin nunca haber oído a alguien, que hallas caído. El tío comprendió y prometió ayudarlo. Era la hora de la reunión de la noche, en la iglesia, y no podía esperar. Invitó entonces a Juan para acompañarlo.
Después de la reunión, incansablemente, el pastor atendió al pueblo, siempre con base en la Palabra de Dios. Cuando ya era bien tarde, después que todos salieron, los dos fueron para la emisora de radio, donde el pastor hacía el programa. Más tarde, cansados, fueron a dormir.
En la mañana siguiente, cuando Juan se acordó, encontró al pastor ya pronto para ir a la iglesia. Tomaron café, sin demora, y se fueron los dos juntos. Estaba todo el día en la iglesia, desde la mañana hasta la noche, estaba continuamente ocupado. El pastor ahora estaba en las reuniones, luego aconsejando al pueblo; luego atendiendo a alguien por teléfono, enseñando a los obreros; organizando visitas al hospital; y entonces, ya era hora del programa por la radio.
A la noche, Juan, exhausto, dormía profundamente. Los días volaban y el joven cada vez se envolvía más. El ritmo del tío era contagiante y sus actitudes y charlas eran siempre llenas de fe y ánimo.
Su esposa lo seguía al mismo paso; los dos, juntos, se completaban. Parecía que podían tener una conversación de mil palabras solo con un mirar de ojos o una pequeña sonrisa. El ambiente era siempre agradable. Los días pasaban sin demora y las vacaciones de Juan acabaron, sin que se diera cuenta.
Al despedirse del tío, éste le preguntó si aún quería saber el secreto del ministerio. Con sorpresa, Juan notó que se había olvidado de la pregunta, lo mismo que los malos pensamientos, sentimientos y flaquezas y, así, encontró la respuesta: una buena esposa y la vida completamente sobre el altar era el simple y más infalible, secreto del hombre de Dios.
En una pequeña escuelita rural había una vieja estufa de carbón muy anticuada. Un chiquito tenía asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.
Una mañana, llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo y lo llevaron de urgencia al hospital del condado.
En su cama, horriblemente quemado y semi-inconsciente, el niño oía al médico que hablaba con su madre. Le decía que seguramente su hijo moriría - que era lo mejor que podía pasar, en realidad -, pues el fuego había destruido la parte inferior de su cuerpo.
Pero el valiente niño no quería morir. Decidió que sobreviviría. De alguna manera, para gran sorpresa del médico, sobrevivió. Una vez superado el peligro de muerte, volvió a oír a su madre y al médico hablando despacito. Dado que el fuego había dañado en gran manera las extremidades inferiores de su cuerpo, le decía el médico a la madre, habría sido mucho mejor que muriera, ya que estaba condenado a ser inválido toda la vida, sin la posibilidad de usar sus piernas.
Una vez más el valiente niño tomó una decisión. No sería un inválido; ¡caminaría! Pero desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz. Sus delgadas piernas colgaban sin vida.
Finalmente, le dieron de alta. Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control, nada. No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca.
Cuando no estaba en la cama, estaba confinado a una silla de ruedas. Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco. Ese día en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla. Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas.
Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa. Con gran esfuerzo, se subió al cerco. Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco, decidido a caminar. Empezó a hacer lo mismo todos los días hasta que hizo una pequeña huella junto al cerco. Nada quería más que darle vida a esas dos piernas.
Por fin, gracias a los fervientes masajes diarios de su madre, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego caminar tambaleándose y finalmente caminar solo y después correr.
Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante, en la universidad, formó parte del equipo de carrera sobre pista.
Y aun después, en el Madison Square Garden, este joven que no tenía esperanzas de que sobreviviera, que nunca caminaría, que nunca tendría la posibilidad de correr, este joven determinado, el Dr. Glenn Cunningham...
¡ Corrió el kilómetro más veloz del mundo!
Glenn V. Cunningham (agosto 4ta, 1909-marzo 10, 1988) fue un corredor de fondo de América y la atleta Miler considerado por muchos el más grande de América de todos los tiempos.
Los médicos predijeron que nunca podría caminar de nuevo normalmente. Había perdido toda la carne en las rodillas y espinillas y todos los dedos de su pie izquierdo, además, su arco toral fue prácticamente destruido.
Tenía una fe sólida; su versículo favorito de la Biblia era: Isaías 40:31:
" Pero los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.
Un amigo le preguntó a Samuel B. Morse, el inventor del telégrafo:
“¿Qué hacías en los momentos de dificultad?”
Le contestó el inventor con toda sencillez:
- “Te voy a responder en confianza, pues es algo que nunca he revelado en público. Cuando no sabía qué camino tomar,me ponía de rodillas y le pedía a Dios luz y conocimiento”.
“¿Y le venía la luz y el conocimiento?”, le preguntó el amigo.
- Sí – declaró Morse.
Y tengo que decirle que cuando me llegaron honores y alabanzas a cuenta del invento que lleva mi nombre, nunca creí que me las merecía.
He dado una aplicación valiosa de la electricidad, no porque yo fuera superior a otros hombres, sino únicamente porque Dios, que quería concedérsela a la humanidad, tenía que descubrírsela a alguien, y le pareció bien descubrírmela a mí”.
El 24 de mayo de 1844, Morse transmitió el mensaje que se haría tan famoso:
"Qué nos ha forjado Dios" (traducción literal) o también: "Lo que Dios ha creado"("What hath God wrought", una cita bíblica, Números 23:23)
Desde la Corte Suprema de los Estados Unidos en Washington, D.C. a su asistente, Alfred Vail, en Baltimore, Maryland.
Con su invento, Morse ganó una gran fortuna con la que compró una extensa propiedad, y en sus últimos años se dedicó a hacer obras filantrópicas, aportando sumas considerables a escuelas, además de otras asociaciones.
Tess era una niña precoz de 8 años.
Un día escuchó a
su madre y a su Padre hablar acerca de su hermanito Andrew. Ella solo sabía
que su hermano estaba muy enfermo y que su familia no tenía dinero.
Planeaban mudarse para un complejo de apartamentos el siguiente mes porque
su padre no
tenía el dinero para las facturas médicas y la hipoteca. Solo
una operación costosísima podría salvar a Andrew.
Escuchó que
su padre estaba gestionando un préstamo pero no lo conseguía.
Escuchó a
su padre murmurarle a su madre, quien tenía los ojos llenos de lágrimas, "Solo
un milagro puede salvarlo." Tess fue a su cuarto y sacó un frasco
de jalea lleno de monedas que mantenía escondido en el closet. Vació todo
su contenido en el suelo y lo contó cuidadosamente. Lo contó una
segunda vez, ¡una tercera! . La cantidad tenía que ser perfecta.
No había margen para errores. Luego colocó todas las monedas
en el frasco nuevamente, lo tapó y se escabulló por la puerta
trasera.
Caminó 6 cuadras hasta la farmacia del pueblo. Esperó pacientemente
su turno. El farmacéutico parecía muy ocupado con un cliente y
no le prestaba atención. Tess movió su pie haciendo un ruido. Nada.
Se aclaró la garganta con el peor sonido que pudo producir. Nada. Finalmente,
sacó una moneda del frasco y golpeó el mostrador. "¿Qué deseas?-
le preguntó el farmacéutico en un tono bastante desagradable. Y
le dijo sin esperar respuesta: "¿No ves que estoy hablando con mi
hermano que acaba de llegar de Chicago y no lo he visto en años?".
"
Bueno, yo también quiero hablarle acerca de mi hermanito," le contestó Tess
en el mismo tono que usara el farmacéutico. "Está muy enfermo
y quiero comprar un milagro." "¿Qué dices?" dijo
el farmacéutico. "Su nombre es Andrew y tiene algo creciéndole
dentro de la cabeza y mi padre dice que solo un milagro lo puede salvar. Así que, ¿cuánto
cuesta un milagro? "Aquí no vendemos milagros, pequeña. Lo
siento pero no te puedo ayudar" le contestó el farmacéutico
ahora en un tono más dulce.
"
Mire, yo tengo el dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré el
resto. Solo dígame cuánto cuesta.
El hermano del farmacéutico era un hombre elegante. Se inclinó y
le preguntó a la niña:
"¿
Qué clase de milagro necesita tu hermanito?" "No lo sé." Contestó Tess
con los ojos a punto de explotar. "Solo sé que está bien enfermo
y mi mami dice que necesita una operación. Pero mi papá no puede
pagarla, así que yo quiero usar mi dinero." "¿Cuánto
dinero tienes?- le preguntó el hombre de Chicago. "Un dólar
con once centavos"- contestó Tess en una voz que casi no se entendió. "Es
todo el dinero que tengo pero puedo conseguir más si lo necesita." "Pues
que coincidencia." Dijo el hombre sonriendo. "Un dólar con once
centavos, es justo el precio de un milagro para hermanos menores." Tomó el
dinero en una mano y con la otra cogió a la niña del brazo y le
dijo: "Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus
padres. Veamos si yo tengo el milagro que tú necesitas."
Ese hombre de buena apariencia era el Dr. Carlton
Armstrong, un cirujano especialista en neurocirugía.
La operación se efectuó sin cargos
y en poco tiempo Andrew estaba de regreso a
casa y de buena salud.
Los
padres de Tess hablaban felices de las circunstancias
que llevaron a este doctor
hasta su puerta. "Esa
cirugía," dijo su madre. "fue un verdadero milagro.
Me pregunto cuánto habría costado. Tess sonrió.
Ella sabía exactamente
cuánto costaba un milagro: un dólar con once centavos
más
la fe de una pequeña.
“La
fe es creer que se tiene lo que no se ve. Perseverar
en lo imposible”
Hay
una frase muy bella que dice:
“Si
le pides a Dios un árbol te lo dará, en forma de semilla”.
Una leyenda antigua cuenta que un príncipe
proclamó que se casaría con la joven
que tuviese lindas manos.
Siendo así, sus súbditos preservaban
la belleza de las manos de sus hijas, no les dejaban
hacer ningún trabajo manual que pudiese comprometer
la belleza y cuidado de las manos.
Cierto día, una linda joven vio un animal necesitando
ayuda. Ella miro sus manos, que conservaba impecables.
Enseguida miro al animal. Y decidió ayudarlo.
Al salvarlo, sus manos fueron dañadas notoriamente,
dejándole cicatrices para siempre.
Cuando el príncipe vio las manos deformadas
de aquella linda joven y, al tomar conocimiento de
cómo se volvieron así, el decidió amarla
e hizo de ella su reina.
Las manos más lindas son las que
llevan las marcas del servicio y sacrificio.
Aquellas que realizan un trabajo fiel en Nombre
de Cristo, compartirán de la bendición eterna
en el Reino de los cielos.
El propio príncipe de Dios tiene en sus manos,
las marcas del servicio y el sacrificio. ¿Será que
usted a buscado tener esas marcas en su vida? “Mas
Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis
que los que son tenidos por gobernantes de las naciones
se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen
sobre ellas potestad. Pero no será así entre
vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre
vosotros será vuestro servidor, y el que de
vosotros quiera ser el primero, será siervo
de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser
servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate
por muchos.” (Marcos 10: 42-45)
Había una vez,
en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche
caminaba por las oscuras calles llevando
una lámpara de aceite encendida.
La ciudad era muy oscura en las noches sin luna
como aquella.
En determinado momento, se encuentra con un amigo.
El amigo lo mira y de pronto lo reconoce.
Se da cuenta de que es Tom, el ciego del pueblo.
Entonces, le dice:
- ¿Qué haces Tom, tú ciego,
con una lámpara en la
mano? Si tú no ves...
Entonces, el ciego le responde:
- Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de
las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando
me vean a mi...
- No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también
la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.
Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para
uno y para que sea visto por otros, aunque
uno aparentemente no lo necesite.
Alumbrar el camino de los otros no es tarea
fácil...Muchas veces en vez
de alumbrar oscurecemos mucho más el camino de los demás...¿Cómo?
A través del desaliento, la crítica, el egoísmo,
el desamor, el odio, el resentimiento...
¡
Qué hermoso sería sí todos ilumináramos los caminos
de los demás!
El único sobreviviente de un
naufragio llegó a la playa de una diminuta y
deshabitada isla. Pidió fervientemente a Dios
ser rescatado, y cada día escudriñaba
el horizonte buscando ayuda, pero no parecía
llegar.
Cansado, finalmente optó por construirse una
cabaña de madera para protegerse de los elementos
y almacenar sus pocas pertenencias.
Entonces un día, tras de merodear por la isla
en busca de alimento regresó a su casa para
encontrar su cabañita envuelta
en llamas, con
el humo ascendiendo hasta el cielo. Lo peor había
ocurrido, lo había perdido todo.
Quedó anonadado de tristeza y rabia. "Dios, ¿cómo
pudiste hacerme esto?", se lamentó. Sin
embargo, al día siguiente fue despertado por
el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían
venido a rescatarlo.
_"¡¿Cómo supieron que estaba
aquí?!", preguntó el cansado hombre
a sus salvadores.
_"Vimos su señal de
humo", contestaron
ellos.
Es fácil descorazonarse cuando las cosas marchan
mal, pero no debemos desanimarnos porque Dios trabaja
en nuestras vidas aún en medio
del dolor y el sufrimiento.
Recuerda la próxima vez que tu cabaña
se vuelva humo, puede ser la señal
de que la ayuda y gracia de Dios vienen
en camino.
En una ocasión, un hombre narró cómo
fue el inicio de los triunfos en su vida:
“
Después de esperar tanto, un día como
cualquier otro, decidí triunfar. No esperé las
oportunidades y yo mismo salí a buscarlas. Vi
cada problema como una oportunidad rumbo a la solución.
En cada desierto caminé rumbo al oasis. Llegada
la noche, esperé el día para de nuevo
ser feliz.
Aquel día descubrí que mi único
rival eran mis propias debilidades, y que en éstas
está la única y mejor forma de superarnos.
Dejé de temer a perder y empecé a temer
no ganar.
Descubrí que no era yo el mejor y que quizás
nunca lo fui. Me dejó de importar quién
ganara o perdiera;ahora me importa simplemente saberme mejor
que ayer.
Aprendí que lo difícil no es llegar a
la cima sino jamás dejar de subir. Supe que
de nada sirve ser luz si no vas a iluminar el camino
de los demás.
Decidí cambiar muchas cosas. Entonces aprendí que
los sueños son para hacerse realidad. Por eso
ya no duermo para descansar, ahora duermo para soñar”.
Walt Disney
Todos nacemos con el derecho de luchar
por nuestros anhelos. No desperdicie
esa oportunidad
y trabaje
para ver sus sueños realizarse. Recuerde que el futuro
pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños.
El
tema del día era resentimiento y el maestro
nos había pedido que lleváramos papas
y una bolsa de plástico.
Ya en clase elegimos una papa por cada persona
que guardábamos resentimiento.
Escribimos su nombre en ella y la pusimos dentro
de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas.
El ejercicio consistía en que durante una semana
lleváramos con nosotros a todos lados esa
bolsa de papas.
Naturalmente la condición de las papas se iba
deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear
esa bolsa en todo momento me mostró claramente
el peso espiritual que cargaba a diario y cómo,
mientras ponía mi atención en ella para
no olvidarla en ningún lado desatendía
cosas que eran más importantes para mí.
Todos tenemos papas pudriéndose en nuestra "mochila" sentimental.
Este ejercicio fue una gran metáfora del precio
que pagaba a diario por mantener el resentimiento por
algo que ya había pasado y no podía
cambiarse.
Me di cuenta que cuando hacía importantes los
temas incompletos o las promesas no cumplidas me llenaba
de resentimiento, aumentaba mi stress, no dormía
bien y mi atención se dispersaba.
Perdonar y dejarlas ir me llenó de paz y calma,
alimentando mi espíritu.
La falta de perdón es como un veneno que tomamos
a diario a gotas pero que finalmente nos termina
envenenando.
Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo
para el otro sin darnos cuenta que los únicos
beneficiados somos nosotros mismos.
El perdón es una expresión de amor.
El perdón nos libera de ataduras que nos amargan
el alma y enferman el cuerpo.
No significa que estés de acuerdo con lo que
pasó, ni que lo apruebes.
Perdonar no significa dejar de darle
importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien
que te lastimó. Simplemente significa dejar
de lado aquellos pensamientos negativos que nos causaron
dolor o enojo.
El perdón se basa en la aceptación de
lo que pasó.
La falta de perdón te ata a las personas desde
el resentimiento. Te tiene encadenado.
La falta de perdón es el veneno más destructivo
para el espíritu ya que neutraliza los recursos
emocionales que tienes.
El perdón es una declaración que puedes
y debes renovar a diario.
Muchas veces la persona más importante a la
que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las
cosas que no fueron de la manera que pensabas.
"
La declaración del Perdón es la clave
para liberarte".
¿
Con qué personas estás resentido?
¿
A quiénes no puedes perdonar?
¿
Tú eres infalible y por eso no puedes perdonar
los errores ajenos?
" Perdona para que puedas ser perdonado"
"
Recuerda que con la vara que mides, serás medido..."
Un joven, que no sabía que hacer con tantos
problemas, oraba en su cama, y así cayó en
un profundo sueño.
En sus sueños, se vio dirigiéndole unas
palabras a Dios: "Señor, no puedo seguir,
mi cruz es demasiado pesada".
-El Señor, llevándolo ante un ángel,
le dijo:
"
Joven, si no puedes llevar el peso de tu cruz, puedes
guardarla dentro de esa habitación que ves ahí.
Después, escoge de entre todas las demás
cruces que ahí se encuentran, la que tú quieras".
“
Gracias”, respondió el muchacho sonriendo
amablemente.
Siguiendo las indicaciones, el joven entró a
la habitación y entregó allí su
cruz. Continuó su recorrido a través
de la enorme habitación, buscando una que fuera
más cómoda. Vio muchas cruces, algunas
tan grandes que no les podía ver la parte de
arriba, otras muy pequeñas que no le convencían,
pero siguió su búsqueda por la habitación
que parecía no tener fin. Probó toda
clase de cruces, hasta que vio una cruz apoyada en
un extremo de la habitación. Al probarla, sintió que
le quedaba muy bien. No era ligera, pero tampoco pesaba
demasiado, así que decidió tomarla con
un poco de esfuerzo, se la acomodó en su espalda
y salió.
“
Estoy convencido. Me llevaré esta”, dijo
el joven.
"
Hijo mío, hiciste buena elección, felicidades",
contestó Dios. Y el muchacho se retiró muy
contento y seguro de que podía con el peso.
El ángel le dijo a Dios: "Pero Señor,
el joven se lleva la misma cruz con la que llegó aquí." El
Señor sonrió.
Cuando los problemas de la vida nos parecen
abrumadores, debemos, estar gozosos y
agradecidos porque sabemos
que el Señor no nos va a dar más carga
que la que podamos llevar y, aún con nuestras
cargas, sus brazos estarán alrededor de nuestra
vida para ayudarnos a llevarla.
Un cierto hombre estaba perdido en
el desierto, sediento a punto de morir.
Cuando él llegó a una casa vieja,
sin ventanas, sin techo, golpeada por el tiempo.
El hombre caminó por allí y encontró una
pequeña sombra donde se acomodó,
huyendo del calor del sol desértico.
Mirando alrededor, vio una bomba a algunos metros
de distancia, muy vieja y oxidada.
El se arrastró hasta allí, agarró la
manija, y empezó a bombear sin parar.
Nada ocurrió. Desanimado, cayó postrado
hacia atrás y notó que al lado de la
bomba había una botella. La miró, la
limpió, removiendo la suciedad y el polvo, y
leyó el siguiente mensaje:
" Primero necesitas preparar la bomba con
toda el agua de esta botella, mi amigo"
PD.: "Haz el favor de llenar la botella
otra vez antes de partir."
El hombre arrancó la rosca de la botella y,
de hecho, tenía agua.
¡
La botella estaba casi llena de agua! De repente, él
se vio en un dilema:
Si bebía el agua podría sobrevivir, pero
si volcase el agua en la vieja bomba oxidada, quizá obtuviera
agua fresca, bien fría, allí en el fondo
del pozo, todo el agua que quisiera y podría
llenar la botella para la próxima persona...
pero quizá eso no salga bien.
¿
Qué debería hacer? ¿Volcar el
agua en la vieja bomba y esperar el agua fresca y fría
o beber el agua vieja y salvar su vida?
¿
Debería perder todo el agua que tenía
en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables,
escritas no se sabía cuando?
Con temor, el hombre volcó todo el agua en la
bomba. Enseguida, agarró la manija y empezó a
bombear... y la bomba empezó a chillar. ¡Y
nada ocurrió! Y la bomba chilló y chilló.
Entonces surgió un hilito de agua; después
un pequeño flujo, ¡y
finalmente el agua salió con
abundancia! La bomba
vieja y oxidada hizo salir
mucha, pero mucha agua fresca
y cristalina.
Él
llenó la botella y bebió de
ella hasta hartarse. La llenó otra
vez para el próximo
que por allí podría
pasar, la enroscó y
agregó una pequeña
nota al billete preso en ella: "¡Créeme,
funciona! ¡Necesitas
dar todo el agua antes de
poder obtenerla otra vez!"
El
niño miraba al abuelo escribir
una carta. Después le preguntó:
- ¿Abuelo,
estás escribiendo una historia que nos pasó? ¿ Es,
por casualidad, una historia sobre mí?
El abuelo dejó de escribir, sonrió y
le dijo al nieto: - Estoy escribiendo sobre ti,
es cierto. Sin embargo, más importante que
las palabras, es el lápiz que estoy usando.
Me gustaría
que tú fueses como él cuando crezcas.
El
nieto miró el lápiz intrigado,
y no vio nada de especial en él, y preguntó:
- ¿Qué tiene de particular ese lápiz?
El abuelo le respondió:
-
Todo depende del modo en que mires las cosas. Hay
en él cinco
cualidades que, si consigues mantenerlas, harán
siempre de ti una persona en paz con el mundo.
Primera
cualidad: Puedes hacer grandes cosas, pero no olvides
nunca que existe una mano que guía tus
pasos.Esta
mano la llamamos Dios, y Él
siempre te conducirá en
dirección a su voluntad.
Segunda
cualidad:De
vez en cuando necesitas dejar lo que estás
escribiendo y usar el sacapuntas.
Eso hace que el lápiz
sufra un poco, pero al final, estará más
afilado. Por lo tanto, debes ser
capaz de soportar algunos dolores,
porque te
harán
mejor persona.
Tercera
cualidad: El lápiz
siempre permite que usemos una
goma para borrar aquello que
está mal.
Entiende que corregir algo que
hemos hecho no es necesariamente
algo malo,
sino algo
importante para mantenernos en
el camino de la justicia.
Cuarta
cualidad: Lo que realmente
importa en el lápiz
no es la madera ni su forma
exterior, sino el grafito que hay dentro.
Por lo tanto,
cuida siempre de lo que sucede
en tu interior.
Quinta
cualidad: Siempre
deja
una marca.
De la misma manera,
has de saber que todo lo
que hagas en la vida, dejará trazos.
Por eso intenta ser consciente
de cada acción.
Un
grupo de ranas viajaba por el bosque. De pronto dos
de ellas cayeron en un pozo: entonces
las demás se pusieron a la orilla y, al ver
la profundidad, comenzaron a gritar: es imposible que
vuelvan a la superficie, el pozo es profundo, lo mejor
que pueden hacer es darse por muertas.
Sin embargo, las ranas no hicieron caso de lo que
escuchaban y continuaron saltando para salir
de ahí.
Finalmente, una de las ranas puso atención
a lo que las demás decían y se rindió,
se desplomo y
murió. La otra rana continuó saltando
tan fuerte como le era posible. Las ranas continuaban
gritando, pero entre más le gritaban, más
fuerte saltaba.
Llegó el momento en que pudo salir. Las
otras ranas le dijeron: “nos da gusto que
hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritábamos”.
La rana les explicó que era sorda, y que
pensó que
las demás la
estaban animando a esforzarse más y
salir del hoyo.
Lo mejor es no escuchar aquellas palabras que
nos harán
desistir en la lucha por alcanzar nuestro
objetivo. Las palabras tienen el
poder de dar vida o muerte, evitémos matar
el ánimo de
los demás.
¡Los científicos dicen
que no puede ocurrir! ¡Es imposible! La teoría
de la aerodinámica es muy clara. Los abejorros
no pueden volar.
Se debe a que el tamaño, peso y forma del cuerpo
del escarabajo no es proporcional al tamaño
de sus alas, lo que, aerodinámicamente, hace
imposible que pueda volar. El escarabajo es demasiado
pesado, ancho y largo para volar con alas tan pequeñas.
Sin embargo, el escarabajo no sabe todos esos datos
científicos y vuela.
Dios creó al escarabajo y le enseñó a
volar. Obviamente que el abejorro no le preguntó a
Dios sobre el problema de la aerodinámica. Él,
simplemente, voló. Tampoco le preguntó a
Dios si sabía lo que estaba haciendo. Él,
simplemente, voló. No se preguntó si
Dios lo amaba, al darle esas alas tan pequeñas. Él,
simplemente, voló.
Cuando Dios nos creó, nos equipó para
la vida que tenemos por delante. Dios sabe los planes
que tiene para nuestra vida. Como nos ama, nos prometió estar
con nosotros, enseñarnos, guiarnos, ser nuestra
roca. Todo lo que tenemos que hacer es confiar y obedecer.
Dios no está limitado por nuestra comprensión
de cómo suceden las cosas. Sólo
porque no vemos algo, no significa que no sea
real. La fe
es, verdaderamente, la sustancia de las cosas
que no se ven. A veces, la vida es inexplicable
y sucede lo
imposible. No siempre podemos explicar las
cosas.
Y el hecho de que no entendamos cómo se hace
algo, no significa que el Dios Todopoderoso no pueda
hacerlo.
“
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses
4:13)
Cuenta
una vieja leyenda oriental que un maestro asiático
observó cómo
un alacrán se estaba ahogando, entonces decidió sacarlo
del agua, pero cuando lo hizo, el insecto lo picó.
Por
la reacción al dolor, el maestro lo soltó,
el animal cayó al agua y de nuevo estaba ahogándose.
El maestro intentó sacarlo otra vez y, nuevamente,
el alacrán lo picó. Había un discípulo
observado todo, así que, se acercó al
maestro y le dijo a manera de reproche:
“
Perdone, pero usted es sumamente obstinado. ¿No
entiende que cada vez que intente sacarlo del agua,
lo picará?”.
El maestro, manteniendo la serenidad, respondió:
“La
naturaleza del alacrán es picar, y eso no
va a cambiar la mía, que es ayudar”
Y
entonces, ayudándose de una hoja, el maestro
sacó al
animalito del agua y le salvó la vida.
No cambie su naturaleza si alguien le hace daño;
sólo tome precauciones, pues siempre hay alguien
dispuesto a aceptarle como usted es. Recuerde que unos
persiguen la felicidad, mientras que otros la crean.
Un guerrero indio se encontró un huevo de águila,
el cual recogió y colocó en el nido de
una gallina. El resultado fue que el aguilucho se crió junto
a los polluelos.
Así, creyéndose ella misma gallina, el águila
se pasó la vida actuando como éstas.
Rascaba la tierra en busca de semillas e insectos con
los cuales alimentarse.
Cacareaba
y cloqueaba. Al volar, batía levemente las alas y agitaba escasamente
su plumaje, de modo que apenas se elevaba un metro
sobre el suelo. No le parecía anormal; así era
como volaban las demás gallinas.
Un día vio que un ave majestuosa planeaba por
el cielo despejado. Volaba sin casi batir sus resplandecientes
alas dejándose llevar gallardamente por las
corrientes de aire.
-¡Qué hermosa ave! -le dijo a la gallina
que se hallaba a su lado. ¿Cuál es
su nombre?
-Águila, la reina de las aves - le contesto ésta.
Pero no te hagas ilusiones: nunca serás como
ella.
El águila vieja dejó, en efecto, de prestarle
atención, y murió creyendo que era
gallina.
Cuántas veces deja de hacer algo sólo
porque cree en las palabras de alguien
que le dice que usted no es capaz.
Una iglesia nueva fue construida y personas de
todas partes del mundo asistieron a la inauguración
para admirarla. Pasaban horas contemplando la belleza
de tal obra.
Arriba, en lo alto, en las maderas del tejado,
un pequeño
clavo era testigo de todo lo que estaba ocurriendo.
Escuchaba como las personas elogiaban la estructura,
hablaban de todo menos del clavo. Ni siquiera sabían
que estaba allí, y se sintió irritado
y con envidia.
- ¡Si soy tan insignificante, nadie echará de
menos mi falta!
Entonces el clavo desistió de su vida, dejó de
hacer presión sobre la madera y se fue deslizando
hasta caer al suelo.
Aquella noche llovió mucho. Luego, donde no
daba el sol, el tejado comenzó a ceder, separando
las tejas. El agua corrió por las pareces y
los bonitos murales. El yeso comenzó a caerse,
el tapete estaba manchado y la Biblia quedó arruinada
por el agua. Todo esto porque un
pequeño clavo
desistió de su trabajo.
¿
Y el clavo? Al asegurar las maderas del tejado,
estaba oculto, pero era útil. Ahora, enterrado en el barro,
no sólo pasaba desapercibido, sino que también
se convirtió en un completo inútil y
acabó comido por el óxido.